La educación emocional en el mundo


La salud mental en tiempos de COVID



Maria Rovira Torrens
Dirección de estrategia y competencia emocional ciudadana de Cultura Emocional Pública
Profesora Colaboradora del Grado de Psicología de la UOC
maria@culturaemocionalpublica.com

Dra. Marta Torrens
Prof. Psiquiatría Universitat Autónoma de Barcelona i UVic-UCC
Instituto Neuropsiquiatría y Adicciones-Hospital del Mar
mtorrens@imim.es



Los datos preliminares indican que la pandemia originada por el COVID-19 está teniendo repercusiones importantes en la salud mental de las personas. Sin embargo, debemos destacar que a pesar de los múltiples datos publicados hasta la actualidad, todavía no sabemos las consecuencias de la situación actual debido a los cambios generados en las distintas oleadas de la pandemia (este artículo ha sido redactado durante el principio de la quinta oleada en España). Lo que sí podemos afirmar hasta el momento es que se han agudizado los trastornos de salud mental en aquellas personas que ya estaban diagnosticadas. Asimismo, han aparecido más trastornos mentales relacionados con las situaciones de duelos, el incremento del estrés como consecuencia de los problemas sociales, las desigualdades, así como la incertidumbre generada en relación a la falta de perspectivas de futuro. 

Así pues, podemos destacar el aumento de pensamientos y conductas suicidas en adolescentes y jóvenes (más en las chicas). En adultos este aumento ha sido más frecuente entre aquellos que ya tenían un trastorno mental previo a la pandemia; es decir, depresión, ansiedad generalizada, trastorno de estrés postraumático, crisis de pánico y adicciones a sustancias. 

Al mismo tiempo, detectamos un aumento del consumo de sustancias, especialmente el alcohol y los tranquilizantes, así como un consumo problemático de la tecnología digital sobre todo en la infancia y en los jóvenes. Este hecho ha producido un incremento en la adicción a las pantallas especialmente en base el juego y las redes sociales. Finalmente se ha manifestado un aumento de los trastornos de la conducta alimentaria, especialmente en las mujeres jóvenes, también en parte relacionado con el uso de las redes sociales.

Teniendo en cuenta la situación expuesta, en la que vemos como la pandemia ha puesto de relieve la situación de los trastornos de salud mental y de malestar emocional, debemos tener una mirada que nos permita abordar, a medio y largo plazo, esta situación desde una perspectiva preventiva y de abordaje de los trastornos de salud mental, así como de promoción del bienestar emocional. 

Así pues, esto requiere distintos ejes de intervención a nivel individual y comunitario en nuestra sociedad. Para hacerlo, uno de los mecanismos que debemos poner en el centro de la política pública es la socialización de la cultura emocional. Ésta debe permitirnos, por un lado, el desarrollo de competencias emocionales que construyan resiliencia individual y comunitaria y por el otro, la detección e intervención ante aquellas personas que necesitan de un acompañamiento individualizado teniendo en cuenta su estado emocional y psicológico. 

Cuando hablamos del desarrollo de la resiliencia individual y comunitaria, hablamos de poner las herramientas y estrategias necesarias para que todas las personas tengan las mínimas competencias desarrolladas para poder sostener su día a día, en el marco de una sociedad claramente marcada por un sistema social y económico en el que el individuo y sus necesidades quedan a menudo relegados en un segundo término, pasando por delante la productividad y los beneficios económicos. Este punto es importante, en tanto que nos hemos olvidado de aquello fundamental; ¿Cómo vivimos, sentimos, pensamos y actuamos las personas? ¿En base a qué lo hacemos? ¿Qué es aquello qué pasa en nuestra interioridad? ¿Cómo padecemos y sostenemos el dolor? ¿Cómo podemos generarnos nosotros mismos nuestro bienestar? Las respuestas a estas preguntas son imprescindibles para la construcción de la resiliencia. 

Según Groteberg (2006) la resiliencia es la capacidad que tenemos los individuos para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e inclusive, ser transformadas por ellas. Al mismo tiempo, debemos hablar de la resiliencia comunitaria, teniendo en cuenta las interacciones psicosociales que nos conforman como individuos en la comunidad; esta relación nos permite desarrollar marcos de actuación conjuntos a partir de los cuales comprender y hacer frente a nuestra realidad en un marco de creencias y vivencias compartido. Debemos añadir que existen distintas fases en la resiliencia, de la misma manera que debemos ser conscientes de que la construcción de la resiliencia es un proceso que se hace a lo largo de la vida. 

De este modo, existe una primera fase imprescindible que es el desarrollo de herramientas y competencias emocionales previas a las situaciones de conflicto, a las catástrofes, que se pueden producir; es aquí cuando trabajamos las competencias emocionales como la consciencia emocional, la regulación, la autonomía, las competencias sociales y las habilidades para la vida y el bienestar; desarrollamos en nosotros y en nuestra comunidad personas capacitadas emocionalmente para abordar las situaciones difíciles que puedan venir.
Una segunda fase, es cuando se vive la situación conflictiva, complicada o de catástrofe en la que desplegamos todas estas competencias. Este hecho nos permite abordar de una forma más inteligente emocionalmente (y, por lo tanto, menos dañina a nivel emocional y psicológico) estas situaciones.

Finalmente, la tercera fase es aquella en la que después de haber hecho frente a la situación, podemos extraer los aprendizajes de cómo hemos actuado, de cómo lo hemos vivido, en qué podemos mejorar y qué hemos hecho correctamente. Hacer este proceso es lo que nos permite decir que salimos reforzados de esta situación; aprendemos para poder tener nuevas perspectivas de cuestiones a desarrollar individual y colectivamente, cambiamos y mejoramos nuestras capacidades.
Así pues, el reto que tenemos como sociedad es inmenso si queremos sentar las bases para poder generar personas y comunidades resilientes, siendo esta capacidad aquella que puede generar herramientas para prevenir trastornos de salud mental y fortalecer nuestro bienestar emocional de forma individual y comunitaria.



Bibliografía
Fernández-Aranda F, Casas M, Claes L, Bryan DC, Favaro A, Granero R, Gudiol C, Jiménez-Murcia S, Karwautz A, Le Grange D, Menchón JM, Tchanturia K, Treasure J. COVID-19 and implications for eating disorders. Eur Eat Disord Rev. 2020 May;28(3):239-245. doi: 10.1002/erv.2738.
Gracia R, Pamias M, Mortier P, Alonso J, Pérez V, Palao D. Is the COVID-19 pandemic a risk factor for suicide attempts in adolescent girls? J Affect Disord. 2021 May 27;292:139-141. doi: 10.1016/j.jad.2021.05.044. Epub ahead of print. PMID: 34119869.
Mortier P, Vilagut G, Ferrer M, Alayo I, Bruffaerts R, Cristóbal-Narváez P, Del Cura-González I, Domènech-Abella J, Felez-Nobrega M, Olaya B, Pijoan JI, Vieta E, Pérez-Solà V, Kessler RC, Haro JM, Alonso J; MINDCOVID Working group; MINDCOVID Working group. Thirty-day suicidal thoughts and behaviours in the Spanish adult general population during the first wave of the Spain COVID-19 pandemic. Epidemiol Psychiatr Sci. 2021 Feb 17;30:e19. doi: 10.1017/S2045796021000093. PMID: 34187614; PMCID: PMC7925988.
Puig, G., & Rubio, J. L. (2011). Manual de resiliencia aplicada (1.ª ed., p. 43). Barcelona: Gedisa. 


Emotional Education arround the world